Seleccionar página

En el bar de Artesa, un pueblo a una hora de Lérida, el alcalde, el cura, el sargento de la guardia civil, y el médico movían con tintineo la cucharilla del café en la mesa redonda del fondo. Esteban, un niño de 6 años, pasó por delante camino del baño saludando de forma reverente a las fuerzas vivas del pueblo, ¿Quién se lo habrá explicado? Después del enésimo comentario sobre el gol de Zarra del pasado domingo, Ramón Carbonel, el médico, repasa de forma orgullosa sus anécdotas profesionales contando con los dedos las vidas que había salvado. Ni por asomo, a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurrió, siquiera pensar, que alguna mácula pudiera manchar la hoja de servicios del galeno. Faltaban 10 minutos para que dieran las 9, y la Dra. Carbonell llegaba a toda prisa al consultorio del hospital Arnau de Vilanova de Lleida; la maestra del pequeño la había entretenido y ahora tocaba correr. Pasó delante de dos jubilados que esperaban su turno pacientemente mientras conversaban sobre si el mejor futbolista del mundo lleva la camiseta de un color o de dos. Ya dentro del consultorio, mientras se abrocha la bata y se cuelga el fonendo, pasa a la sala de curas, separada de la consulta por una puerta batiente. Al empujarla, tapa con la palma de la mano un folio con membrete del Colegio de Médicos que en letra grande y clara advierte: “EN TODOS LOS CASOS DE AMENAZAS FÍSICAS O VERBALES EFECTUADAS A LOS MÉDICOS EN EL CURSO DEL EJERCICIO DE LA PROFESIÓN, EL AGRESOR SERÁ DENUNCIADO POR VIA PENAL” 65 años, una vida, separan las dos escenas descritas, pero aun siendo grande, la distancia temporal queda en ridículo frente a la distancia emocional del trato recibido por el abuelo y la nieta. El abuelo sacralizado, objeto del temor reverencial, y la nieta defendida de agresiones, incluso físicas, por su corporación profesional. Aun siendo fieles a la verdad, las connotaciones de caricatura son evidentes respecto a la responsabilidad exigida a los profesionales a través del tiempo. Sin llegar a las manos como en el ejemplo (!real¡), lo cierto es que a los profesionales se nos ha ido exigiendo nuestra responsabilidad de una forma creciente en los últimos años, la exigencia de responsabilidad ha encontrado en el seguro un compañero de viaje imprescindible, so pena de poner en peligro nuestro patrimonio. El ejemplo que hemos tomado prestado a los profesionales de la medicina por su grafismo, nos sirve para dar entrada a las propiedades y la evolución de la responsabilidad civil profesional y su aseguramiento en las profesiones dedicadas al asesoramiento empresarial. La raíz de la RC de los asesores empresariales, como en otras profesiones, nace del art. 1101 del Código Civil: Quedan sujetos a la indemnización de los daños y perjuicios causados los que en el cumplimiento de sus obligaciones incurrieren en dolo, negligencia o morosidad, y los que de cualquier modo contravinieren al tenor de aquéllas. La razón de la aplicación de este artículo en contraposición al 1089, fuente de las obligaciones por antonomasia, tiene su origen en el carácter contractual de la obligación del profesional que viene dada por la existencia de un vínculo previo que se ha conculcado por el cumplimiento deficiente del compromiso adquirido. Por ello, esta RC la conocemos como Responsabilidad Civil Contractual que, lejos de ser un adjetivo intrascendente, aparecerá como exclusión destacada en aquellas pólizas de seguros no previstas especialmente para la cobertura de nuestros avatares profesionales. Para que una responsabilidad profesional nos sea exigible, el Tribunal Supremo enuncia en numerosas sentencias los requisitos que considera imprescindibles, el primero de ellos lo repetimos, la existencia previa de un contrato que acepta toda la variedad de elementos característicos que la ley le permite. En segundo lugar es imprescindible que haya una acción u omisión culposa en el cumplimiento de la relación contractual, por tanto, aquellos perjuicios que pueda sufrir nuestro cliente en relación con el trabajo que le hemos realizado, únicamente nos serán imputables en tanto en cuanto nosotros hayamos cometido un error en el desarrollo de nuestro trabajo. Quedaran fuera de lo que nos es exigible aquellos cuya causa sea azarosa, provenga de un caso fortuito o venga dada por las obligaciones del cliente. No es exigible la aplicación de la llamada “lex artis” entendida Conjunto de reglas, medios y deberes genéricos y básicos que establecen las normas reguladoras del ejercicio de la profesión estatuto profesional y otras. Hay que tener en cuenta que el profesional tiene el deber de prestar una diligencia específica distinta y superior a la exigible por el CC para el buen padre de familia –hombre prudente, previsor y correcto- esta es la diligencia profesional: la que confiere el específico conocimiento técnico-científico de su profesión. Como tercer elemento exigido por el Alto Tribunal, nos encontramos con algo que a primera vista puede parecer absurdo: la existencia de un daño. No tendrá derecho a reclamación aquel que nos acuse de haber cometido un error que para él no ha tenido ninguna consecuencia gravosa. Por último, se exige para la validez de una reclamación que haya un nexo causal entre el error y el daño producido. Ya desde otro punto de mira, vemos como la evolución del “derecho a reclamar” de los perjudicados ha propiciado una evolución paralela del aseguramiento de la responsabilidad civil profesional en los últimos tiempos. Un cambio importante del último lustro, ha sido la apertura de las compañías aseguradoras al riesgo de la rc profesional. Anteriormente nos encontrábamos en un mercado reducido a aseguradoras muy especializadas, empresas desconocidas para el público en general (con alguna notable excepción que se dedicaba a estos ramos a través de departamentos adhoc), en el último lustro, han ofrecido cobertura a los profesionales, empresas anteriormente dedicadas únicamente a riesgos particulares y empresariales, esto ha abierto el mercado en beneficio de los profesionales, que han podido elegir con mayor libertad la entidad en que confiar. En este momento, se mueve por las mesas donde se deciden los grandes temas, la posibilidad de continuar o no con esta política, ante el repunte, apuntado con anterioridad, que sufren las reclamaciones tanto en frecuencia como en importe. Otra característica reciente en la Responsabilidad Civil de los profesionales ha sido la voluntad de los poderes públicos de involucrar al profesional en la responsabilidad del ciudadano. El ejemplo más claro lo encontramos en la Ley general tributaria que, en el art. 42, considera responsable solidario al “que colabore activamente en la realización de una infracción”, abriendo la puerta a la responsabilidad del asesor que realiza el trámite material de los impuestos o contribuciones. Es necesario recordar que ninguna póliza de seguros dará cobertura a un asesoramiento encaminado al incumplimiento de la ley. La última aportación que destacaría recibida, o a punto de recibir, por la rc sería la reclamación de los daños morales, entendidos como aquellos que no afectan a la esfera patrimonial del perjudicado, pero que producen un sufrimiento emocional que, en determinados casos, es susceptible de repararse en forma de indemnización. A día de hoy, y pese a haber alguna sentencia que los contempla, en el ámbito objeto del presente artículo, su aplicación es prácticamente inexistente; en este sentido se hace necesaria una llamada a la prudencia, so pena de caer en el error, incurrido en el otro lado del charco, donde la hipertrofia del alcance de la responsabilidad llega en algún caso a impedir al consumidor acercarse al profesional por el sobrecoste que produce el aseguramiento sobre el propio servicio. Si los profesionales son la razón de ser de este artículo, la mejor manera de finalizarlo es el consejo de confiar en los profesionales de la mediación de seguros, los corredores, el examen y asesoramiento del contrato que ha de garantizarnos nuestra tranquilidad en el ejercicio de la profesión. Ellos están obligados por la Ley desde 1992 a tener cubierta por un seguro su responsabilidad Civil profesional, no fuera caso que como el refrán: “en casa del herrero…”   Francesc Solá Sugrañes Miembro de la asociación española de Abogados especialistas en responsabilidad Civil y Seguro y Director Técnico de Turcp.es y Fabroker.eu